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Los siete locos

octubre 20, 2006

Los siete locos (Argentina, 1973, 110 minutos), dirigida por Leopoldo Torre Nilsson (o, a veces, Torre Nilson). **** de cinco.

Reparto: Alfredo Alcón, Norma Aleandro, Héctor Alterio.

Una historia que huele de la literatura de la alienación (se basa sobre un par de cuentos del argentino Roberto Arlt). Aunque tiene lugar en la Buenos Aires de los treinta parece la Berlín de la época de la república Weimar por lo decadente que es. Remo Erdosain es un hombre sin familia que trabaja en el puesto mezquino de cobrador, un hombre que se identifica como un infeliz. Fuera del trabajo gasta su tiempo con unos colaboradores en desarrollar inventos descabellados (como el de preservar una flor en un baño de cobre).

Se casa con una mujer placentera y convencional (una pariente de uno de sus compañeros de trabajo) a quien le falta la menor simpatía hacia la angustia de Erdosain. Con tiempo deja de pasar tiempo en casa con su mujer y se pone a andar por los antros nocturnos de la ciudad. Una noche se encuentra en una reunión media religiosa en la que predica un charlatán con pico de oro quien se llama el Astrólogo. Remo le cae bien al Astrólogo y este—el Astrólogo—se lo presente a un tipo Hafner, apodado el Rufián Melancólico, un proxeneta chulo. Parece que el Astrólogo encabeza un grupo que fomenta una revolución sin política, sin ideología: la revolución por sí. Hafner, un cínico hasta los tuétanos, les proporciona fondos—por aburrimiento, dice. El grupo está tramando un atentado terrorista para crear un ambiento de inquietud en el país. Erdosain se mete con el grupo.

La película avanza el planteamiento que el terrorismo puede servirles a los infelices para extirparse las humillaciones cotidianas, una especie de refugio contra el fracaso. Erdosain se desilusiona de crear algo útil (o—mejor dicho—algo por medio de la venta de que puede levantarse de su vida mezquina); la conspiración le ofrece la acogida que el mundo afuera le denegó.

La película nos presenta un mundo feo, decadente, no obstante bien hecho; aunque hay que verla por turnos por lo largo que es y por la falta del impulso hacia adelante.

Sin subtítulos.

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