El espíritu de la colmena

El espíritu de la colmena (España, 1972, 97 minutos). Dirigida por Víctor Erice. ***** de cinco.

Reparto: Fernando Fernán Gómez, Teresa Gimpera, Ana Torrent, Isabel Tellería.

Al año 1940 la película Frankenstein (la de 1931 con Boris Karloff) llega a verse en el ayuntamiento del pueblito español Hoyeulos y sirve de un símbolo del enfrentamiento de la inocencia con la muerte. La imagen del monstruo, y sobre todo la escena en la que topa con una muchacha al lado de una charca. La chica le invita juntarse con ella en su juego de tirar flores sobre la superficie del agua para que floten. Se terminan las flores y la escena se corta mientras la criatura extiende las manos hacia la muchacha. Luego el padre de la niña se ve cargándola ya muerta ahogada.

Asistan al cine rústica dos hermanitas, las protagonistas principales, Ana y Isabel. Ana le pregunta a su hermana por qué la mató el monstruo. Hablan en la cama antes de dormirse. Isabel le dice que no están muertos de verdad, ni la muchacha aparentemente ahogada ni el monstruo mismo. Son espíritus, le dice, los que se pueden conocer si les llaman por la noche. Añade que ella misma ha visto el espíritu del monstruo.

La pregunta y su respuesta sirven del planteamiento del tema de la película y la materia de ella se compone de la búsqueda de Ana del espíritu. A Ana el monstruo se le hace símbolo de la muerte violenta y incompresible. Cuando le vuelve a suceder la experiencia de ella—esta vez en la vida real—el monstruo se le reaparece como manifestación de su incomprensión. Un rasgo importante es el de que las muertes, la de la muchacha de la película Frankenstein y la de que se da cuenta en realidad, pasen fuera de la vista—por operación de fuerzas o motivos no conocidos (por lo menos no conocidos por Ana).

Todo lo anterior no comunica nada del carácter de la película—y tiene un carácter muy singular. Lo obvio es como se ve. Es una película hermosísima. El director compone las escenas en el pueblo austero con la formalidad de un cuadro clásico. Las escenas se bañan bajo una luz dorada (vale, las que no son de noche); la cámara estática, casi fija, les otorga una tranquilidad pacífica. Las fachadas de las casas, frecuentemente vistas directamente de frente como en retrato, llegan a tener el carácter de caras (tal vez más expresivas que las caras de los personajes adultos).

Aunque el argumento se trata de la violencia la película no es violenta. Muy lejos de serla, se desarrolla a paso lento, ocupándose de la vida cotidiana de la familia de las hermanas: Isabel, una rubia con una vena de picardía que por poco alcanza a la malicia; Ana, ingenua y callada, una morena con ojotes oscuros. Viven en una casa grande con sus padres. El padre, remoto, abstraído, solitario, se absorbe en atender sus colmenas, en hacer apuntes en un cuaderno respecto a las formas del vaivén de las abejas en el trajín de la colmena (uno de los sentidos del título). Escucha el radio de onda corta aislado con audiófonos y con frecuencia se duerme sentado en su escritorio. La madre tiene una belleza algo marchita. Escribe cartas a escondidas a—al parecer—un amante de antaño. Es notorio que, fuera de las hermanas, casi no hay relaciones directas entre los habitantes de la casa; las hermanas son los únicos seres verdaderamente vivos en la casa.

El espíritu de la colmena es una obra que le exige algo de espectador, sobre todo paciencia–y se la premia. El elenco es de la primera y la niña Ana (Ana Torrent) es extraordinaria. Digna de verse. Dos veces.

Con subtítulos que se puede apagar.

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