La ilusión viaja en tranvía

La ilusión viaja en tranvía (México, 1953, 82 minutos, B&N), dirigida por Luis Buñuel. ***1/2 de cinco.

Reparto: Carlos Navarro, Lilia Prado, Fernando “Mantequilla” Soto, Agustín Isunza.

Caireles y Tarrajas son empleados de la compañía de tranvías del D. F. Acaban de componer el tranvía 133 cuando se enteran que lo van a retirar de servicio. Se afligen y se le quejan al gerente sin resultado. Al noche siguiente se aprovechan del descuido del velador para sacar el tranvía 133 de la estación para recorrer la ciudad en ella por la noche permitiendo que suban transeúntes sin pagar la cuota (para no agraviar el delito de haberse apoderado del tranvía con el de ganarse dinero por fraude). La sacaron con la intención de devolverla antes del amanecer sin embargo, bien borrachos, se duermen y no despiertan hasta después de la salida del sol. Por eso se encuentran en un lío delicado mientras andan vagando por la ciudad intentando esquivar que suban más pasajeros y buscando la oportunidad de devolver el tranvía a su lugar propio. La situación se pone más complicada cuando un empleado jubilado de la compañía sube al tranvía y reconoce a nuestros héroes y sabe que no tienen el oficio de motoristas de tranvía.

Hay pocos rasgos del las obsesiones características de Buñuel. Antes de llevarse el tranvía Caireles y Tarrajas se protagonizan un drama montado por el cura del barrio que se trata de la tentación de Adán y Eva. Caireles hace el papel de Dios y Tarrajas hace los de los dos: Satanás y Adán. El drama se monta al medio de una fiesta callejera. Durante el descansito entre los actos Caireles y Tarrajas se enteran que se acabó el ‘punch’ y deciden ir a la estación para llevarse unas cajas de cerveza, las que vieron antes de salir la tarde pasada (–y mientras están cargando las cajas les pega la inspiración de salir con el tranvía por un paseo final). La película no aspira a algo tan singular como la perversidad de la comedia negra de las películas más conocidas de Buñuel no obstante la película resultante está genial—y que no se menosprecien los encantos de La Prado (me refiero a los muslos y las caderas), tampoco el encanto de las vistas de las calles y rinconcitos del D. F. de la época.

Con subtítulos en inglés y español que se puede apagar.

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